Encontrar un estilo para después atreverse a romperlo: evolución, etapas y experimentación en el arte

 

Encontrar un estilo para después atreverse a romperlo: evolución, etapas y experimentación en el arte

Hay una pregunta que aparece constantemente cuando uno empieza a tomarse en serio la pintura: ¿cómo encuentro mi propio estilo? Durante años puede convertirse casi en una obsesión. Buscamos una forma de pintar que nos represente, una manera particular de utilizar el color, de construir las figuras, de componer una escena. Queremos que alguien mire una obra sin necesidad de leer la firma y pueda reconocer quién la ha pintado. Es comprensible, porque encontrar una voz propia supone dejar atrás la imitación, las referencias demasiado evidentes y esa sensación inicial de estar probando caminos ajenos.

Sin embargo, con el tiempo he llegado a pensar que existe otra pregunta quizá más importante: ¿qué ocurre después de encontrarlo? Encontrar una voz propia puede ser difícil, pero todavía puede resultar más complicado tener el valor de transformarla. En mi experiencia como artista plástico, nunca he entendido la pintura como un lugar al que se llega para quedarse. La entiendo más bien como un territorio en movimiento. A lo largo de mi trayectoria como Jordi Machí, he buscado construir un lenguaje reconocible, pero también he sentido constantemente la necesidad de modificarlo, ponerlo en duda, llevarlo hacia otros lugares y permitir que aparezcan nuevas etapas. Para mí, evolucionar es una parte esencial de ser artista.

El estilo no debería convertirse en una jaula

Cuando un artista consigue desarrollar una estética reconocible ocurre algo curioso. Aquello que durante años ha perseguido empieza a funcionar: la gente identifica sus obras, aparece una determinada paleta de colores, una manera concreta de trabajar las figuras, una forma de componer o de utilizar la línea. Ese reconocimiento puede ser muy positivo, porque ayuda a consolidar una identidad visual, pero también puede generar una presión silenciosa para seguir haciendo siempre lo mismo.

Desde un punto de vista comercial incluso puede parecer lógico. Los coleccionistas reconocen una determinada producción, las galerías pueden identificar fácilmente una línea de trabajo y el público empieza a asociar ciertas características visuales con ese artista. Sin embargo, desde el punto de vista creativo, siempre me ha parecido peligroso. Un estilo propio puede convertirse, paradójicamente, en una prisión si deja de ser un lenguaje vivo y pasa a funcionar como una fórmula.

Personalmente no me interesa pintar durante treinta años la misma obra con pequeñas variaciones. Necesito sentir que existe movimiento, que aparecen preguntas nuevas y que cada etapa me obliga a reajustar mi forma de trabajar. Necesito experimentar, equivocarme y aceptar que algunas obras no encajen de manera inmediata con lo anterior. Porque cuando uno sabe perfectamente cómo va a terminar una pintura antes incluso de empezarla, algo de la aventura desaparece.

Un artista también está hecho de etapas

Cuando observamos retrospectivamente la trayectoria de muchos artistas importantes, resulta evidente que sus carreras no fueron líneas rectas, sino sucesiones de etapas. Picasso es probablemente uno de los ejemplos más claros: periodo azul, periodo rosa, cubismo, clasicismo y múltiples transformaciones posteriores. Cada momento contiene elementos reconocibles del artista, pero también una voluntad constante de desplazamiento y búsqueda.

Podemos pensar también en Matisse, que después de décadas pintando terminó desarrollando aquellas extraordinarias composiciones de papeles recortados, o en Philip Guston, que abandonó una posición consolidada dentro del expresionismo abstracto para regresar a una figuración incómoda, grotesca y radicalmente diferente. Esos cambios no significaban necesariamente renunciar a lo anterior, sino continuar avanzando desde otro lugar.

Creo que ahí existe una idea fundamental: una etapa artística no invalida la anterior. Cada periodo acumula experiencias, decisiones, errores y descubrimientos que permanecen dentro del siguiente, aunque visualmente la obra pueda parecer distinta. En mi propio recorrido como Jordi Machí entiendo mi producción de esa manera: no como una colección de cuadros aislados, sino como diferentes momentos de una misma investigación.

Hay elementos que permanecen en mi trabajo, como la figura humana, el color, la construcción de personajes o la presencia de referencias procedentes de la cultura visual contemporánea. También existe una cierta tensión entre belleza, ironía, identidad y extrañeza que reaparece de diferentes maneras. Pero alrededor de esos elementos pueden cambiar muchísimas cosas, y precisamente quiero que cambien.

Evolucionar no significa perder la identidad

Existe cierto miedo entre los artistas a cambiar demasiado. Parece que, si una obra nueva se aleja de la anterior, uno estuviera perdiendo su identidad. Yo lo veo de otra manera. La identidad artística no debería depender únicamente de utilizar siempre los mismos colores, los mismos rostros o la misma técnica. Creo que está en un lugar mucho más profundo: en la manera de mirar.

Dos artistas pueden pintar exactamente el mismo motivo y producir imágenes completamente diferentes. Detrás de la pintura existe una acumulación enorme de experiencias: películas que hemos visto, ciudades que hemos recorrido, exposiciones, conversaciones, fotografías, música, publicidad, cómics, diseño, recuerdos y personas que hemos conocido. Todo eso termina entrando en el cuadro, a veces conscientemente y otras muchas veces sin que nos demos cuenta.

Por eso creo que puedo modificar mi manera de pintar y continuar siendo yo. Puedo introducir nuevos recursos, simplificar una figura, destruir parcialmente una imagen, trabajar con collage, cambiar la intensidad cromática o acercarme durante un tiempo a una pintura más gráfica para después volver hacia otra más gestual. Lo importante es que la mirada continúa siendo la misma mirada, aunque esa mirada tampoco sea idéntica a la de hace diez o veinte años. Y eso me parece saludable.

Experimentar también significa aceptar el fracaso

Hay una parte de la experimentación artística de la que quizá se habla menos: experimentar significa que algunas cosas no funcionan. Si todo sale bien, probablemente no estamos arriesgando demasiado. Cuando pruebas algo nuevo existe siempre una posibilidad de fracaso, y creo que eso forma parte natural del proceso creativo.

Una composición puede resultar desequilibrada, un color puede destruir una zona que funcionaba o una intervención puede llevar una pintura hacia un territorio que inicialmente no esperabas. Sin embargo, precisamente ahí pueden aparecer algunos de los descubrimientos más interesantes. En muchas ocasiones una obra empieza siendo una cosa y termina convirtiéndose en otra completamente distinta.

Para mí esos momentos son especialmente valiosos porque el cuadro deja de ser simplemente la ejecución de una idea y empieza a tener cierta autonomía. La pintura casi empieza a discutir contigo y te obliga a reaccionar. Ahí aparece una de las cosas que más me interesan de trabajar: el diálogo entre control y accidente. El artista propone algo, la pintura responde y entonces hay que decidir si seguir ins


istiendo en la idea inicial o escuchar lo que está ocurriendo sobre el lienzo.



El peligro de repetirse porque funciona

Probablemente uno de los momentos más delicados en la trayectoria de un artista aparece cuando encuentra algo que funciona muy bien. Puede ser una determinada serie, una técnica, una imagen, una combinación de colores o una manera específica de representar los rostros. El público responde, las obras se venden, aparecen encargos y entonces surge una tentación enorme de repetir.

Desde fuera puede parecer lógico, pero creativamente puede convertirse en un problema. No tengo nada contra la coherencia; al contrario, creo que construir un universo propio requiere tiempo y continuidad. Lo que me interesa distinguir es coherencia de repetición, porque no son lo mismo. Puedes mantener una identidad reconocible y, al mismo tiempo, desplazarte constantemente dentro de ella.

Eso es precisamente lo que busco en mi trabajo. No quiero que dentro de diez años alguien pueda observar mi producción y encontrar simplemente cientos de variaciones del mismo cuadro. Me gustaría que pudiera reconocer etapas, cambios, momentos de mayor intensidad, experimentos, errores, desviaciones y regresos. Porque esa evolución también forma parte de la biografía del artista y, en cierto modo, termina contando algo sobre su forma de enfrentarse al mundo.

Las influencias también cambian

Cuando somos estudiantes buscamos referentes de una manera muy evidente. Queremos saber quién nos interesa, quién pinta como nos gustaría pintar o quién ha resuelto determinados problemas antes que nosotros. Con el tiempo, sin embargo, las influencias se vuelven mucho más amplias y dejan de proceder exclusivamente de la historia del arte.

Pueden aparecer en una fotografía encontrada por casualidad, en una secuencia cinematográfica, en la ropa de alguien que pasa por la calle, en el diseño de una revista, en un videoclip, en una pared deteriorada o incluso en una imagen generada digitalmente. Vivimos rodeados de imágenes y nunca habíamos estado expuestos a una cantidad semejante de estímulos visuales.

Como artista contemporáneo me parece absurdo intentar aislarme de todo eso. Prefiero absorberlo, transformarlo y dejar que atraviese mi propio lenguaje. La cuestión no es evitar las influencias, sino conseguir que, después de pasar por ti, dejen de pertenecer a quien las originó y empiecen a formar parte de tu universo.

No quiero pintar siempre igual

Esta quizá sea la forma más sencilla de resumir mi posición: no quiero pintar siempre igual. No quiero conocer todas las respuestas ni llegar al estudio sabiendo exactamente qué debe ocurrir. Me interesa mantener una zona de incertidumbre, porque ahí siento que todavía existe posibilidad de descubrimiento.

Hay momentos en los que siento la necesidad de simplificar y otros en los que quiero acumular información. A veces aparece una pintura más agresiva y otras veces me interesa una imagen aparentemente más delicada. En ocasiones una obra puede acercarse al collage, a la cultura popular o a determinados códigos gráficos; en otras, puedo sentir la necesidad de recuperar elementos más puramente pictóricos.

Todas esas direcciones me interesan porque forman parte de un mismo proceso. No necesito elegir definitivamente entre ellas. Un artista puede permitirse cambiar y, más aún, creo que debe permitírselo. La evolución no debería verse como una traición a lo que uno ha hecho antes, sino como una consecuencia natural del paso del tiempo, de las experiencias acumuladas y de la necesidad de continuar avanzando.

Cada etapa deja algo en la siguiente

Lo fascinante de evolucionar es que nunca empezamos realmente desde cero. Cuando cambia una etapa permanecen restos de la anterior: una forma de construir un rostro, una determinada relación entre colores, un gesto, una manera de utilizar el vacío o una obsesión temática. Esas pequeñas cosas pueden reaparecer posteriormente de maneras inesperadas.

Por eso veo la trayectoria artística como una especie de estratificación. Las capas anteriores nunca desaparecen completamente; quedan debajo. A veces pasan años ocultas y de repente vuelven, quizá modificadas o mezcladas con algo nuevo. Creo que ahí se construye una verdadera identidad artística: no en la repetición superficial de una fórmula, sino en la acumulación profunda de experiencias.

Encontrar una voz propia para después ponerla en peligro

Durante mucho tiempo se habla a los artistas jóvenes de encontrar una voz. Me parece correcto. Hay que encontrarla y aprender a reconocer cuándo una obra empieza a pertenecerte de verdad. Pero después viene otro proceso mucho más interesante: atreverse a poner esa voz en peligro.

Modificarla, forzarla y llevarla hacia terrenos en los que todavía no sabes exactamente qué va a ocurrir. Para mí ahí comienza una parte especialmente emocionante de la carrera de un artista: cuando ya posees unas herramientas, pero decides no limitarte a utilizarlas siempre de la misma manera.

Cuando aceptas que una etapa puede terminar, entiendes que cambiar no significa fracasar y descubres que la evolución también puede convertirse en una forma de coherencia. En mi caso, eso es fundamental. No concibo la pintura como una repetición de fórmulas que ya sé resolver, sino como una manera de mantener abierta la curiosidad.

La obra como recorrido y no como destino

Cada vez me interesa menos pensar en la pintura como una sucesión de resultados definitivos. Prefiero verla como un recorrido. Cada cuadro responde algunas preguntas y abre otras; cada serie conduce hacia una posibilidad diferente y cada etapa contiene algo que quizá comprenderé mejor varios años después.

Como artista quiero conservar esa curiosidad. Quiero continuar encontrando situaciones que me desconcierten, mirar una obra recién terminada y descubrir algo que no había previsto, sentir que todavía existen territorios dentro de la pintura que no conozco. Porque quizá el verdadero estilo de un artista no sea una determinada combinación de colores, formas o técnicas, sino algo mucho más profundo: la manera particular que tiene de avanzar.

Y si algún día miro hacia atrás y puedo reconocer diferentes etapas dentro de mi trabajo —momentos de búsqueda, cambios, rupturas, aciertos y errores— probablemente sentiré que el recorrido ha merecido la pena. No me interesa llegar a un lugar para permanecer allí. Me interesa continuar moviéndome.

Jordi Machí

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