¿Por qué unas pinturas emocionan y otras nos dejan indiferentes?
Hay una escena que se repite cada vez que voy a un museo.
En la primera sala siempre hay alguien haciendo una foto con el móvil antes incluso de haber mirado el cuadro. Otro se acerca a la cartela buscando el nombre del artista. Si descubre que es famoso, automáticamente adopta esa expresión tan reconocible de "estoy contemplando algo importantísimo". Y luego está el visitante que pasa delante de veinte obras en menos de un minuto, como si estuviera entrenando para una maratón artística.
No lo critico. Todos hemos sido ese visitante alguna vez.
Yo también he entrado en museos convencido de que iba a salir fascinado por un determinado pintor y he terminado completamente atrapado por una obra que ni siquiera conocía. Una pintura escondida en una esquina, sin cola delante, sin merchandising en la tienda del museo y sin un ejército de influencers haciéndose selfies a su alrededor.
Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que saber cuánto vale un cuadro o quién lo pintó.
¿Por qué unas pinturas consiguen detenernos y otras nos dejan exactamente igual?
No creo que exista una respuesta definitiva. Si la hubiera, todos los artistas la conoceríamos y probablemente estaríamos fabricando obras maestras en serie como quien hace churros un domingo por la mañana.
Por suerte, el arte no funciona así.
El cuadro no hace todo el trabajo
Hay una idea bastante extendida que dice que un gran cuadro emociona a cualquiera.
No estoy tan seguro.
Más bien creo que un gran cuadro tiene la capacidad de encontrarse con la persona adecuada en el momento adecuado.
Porque nosotros no miramos igual a los veinte años que a los cincuenta. Ni después de enamorarnos, ni después de perder a alguien, ni después de viajar, ni después de tener hijos. Ni siquiera miramos igual un lunes por la mañana que un domingo por la tarde.
Somos nosotros quienes cambiamos constantemente.
El cuadro sigue siendo exactamente el mismo.
Hay pinturas que vi hace veinte años y me parecieron correctas. Sin más.
Hace poco volví a encontrármelas y tuve la sensación de estar viendo otra obra completamente distinta.
La pintura no había cambiado.
El que había cambiado era yo.
Y creo que eso nos ocurre a todos.
La técnica impresiona. La emoción permanece.
Como pintor, me encanta la técnica.
Podría pasarme horas mirando cómo alguien resuelve una luz complicada, cómo mezcla determinados colores o cómo consigue una textura imposible.
Pero una cosa es admirar el oficio y otra muy distinta emocionarse.
Todos hemos visto alguna vez a un músico tocar una pieza con absoluta perfección y, sin embargo, no sentir absolutamente nada.
Y también hemos escuchado a otro cometer pequeños errores mientras conseguía ponernos un nudo en la garganta.
Con la pintura sucede algo parecido.
La técnica es imprescindible.
Es el idioma.
Pero conocer perfectamente un idioma no garantiza escribir una buena novela.
Puedes dominar cada regla de la gramática y seguir diciendo cosas aburridísimas.
En pintura ocurre exactamente igual.
Hay cuadros que hablan demasiado
No sé si os pasa, pero hay obras que parecen empeñadas en explicarlo absolutamente todo.
No dejan ningún espacio.
Todo está resuelto.
Todo está contado.
Todo está cerrado.
Y entonces ocurre algo curioso.
El espectador ya no tiene nada que hacer.
Simplemente recibe información.
Las pinturas que más me interesan suelen hacer justamente lo contrario.
Insinúan.
Callan.
Dejan preguntas abiertas.
Permiten que quien las contempla complete una parte del viaje.
Es como esas películas que terminan y, al salir del cine, todavía sigues pensando en ellas durante el camino a casa.
Si una obra continúa trabajando dentro de ti cuando ya no la estás viendo, probablemente ha ocurrido algo importante.
El museo más grande del mundo cabe en un teléfono
Vivimos rodeados de imágenes.
Miles.
Quizá millones.
Cada día hacemos un gesto con el dedo y aparecen otras veinte.
Las vemos durante dos segundos.
Tres como mucho.
Después desaparecen para siempre.
Nunca antes habíamos visto tantas imágenes.
Y quizá nunca antes les habíamos dedicado tan poco tiempo.
Por eso me hace gracia cuando alguien dice que la pintura ha perdido sentido porque todo está en internet.
Precisamente ocurre lo contrario.
Cuanto más rápido consumimos imágenes, más valor tiene una obra capaz de obligarnos a detenernos.
No es casualidad que en algunos museos la gente pase varios minutos delante de un cuadro sin hacer absolutamente nada.
Ni hablar.
Ni mirar el teléfono.
Solo mirar.
Hoy eso casi parece un acto revolucionario.
Hay una diferencia enorme entre mirar y ver
Cuando era estudiante pensaba que pintar consistía sobre todo en aprender a representar la realidad.
Con el tiempo entendí que el verdadero trabajo era aprender a observarla.
No es lo mismo.
Ver es automático.
Mirar requiere tiempo.
Todos vemos una calle.
Muy pocas personas se fijan en cómo cambia el color de una sombra cuando atardece.
Todos vemos una cara.
Muy pocos observan esa expresión que dura apenas un segundo antes de que alguien sonría.
El trabajo de un pintor consiste, en parte, en darse cuenta de esas pequeñas cosas.
Y el del espectador también.
Quizá por eso dos personas pueden colocarse delante del mismo cuadro y salir con experiencias completamente diferentes.
Una dirá que no entiende qué tiene de especial.
La otra no conseguirá olvidarlo durante semanas.
Ninguna de las dos está equivocada.
Simplemente han visto cosas distintas.
El peligro de buscar siempre el significado
Hay una costumbre bastante curiosa cuando visitamos exposiciones.
Queremos entenderlo todo.
Nos acercamos a la cartela.
Leemos el texto.
Buscamos la explicación.
Después miramos el cuadro.
A veces pienso que debería ser justo al revés.
Primero mirar.
Después sentir.
Y solo al final, si todavía tenemos curiosidad, leer.
Porque existe un pequeño riesgo.
Que la explicación termine sustituyendo a la experiencia.
No digo que los textos sean inútiles.
Al contrario.
Muchos ayudan muchísimo.
Pero una pintura debería ser capaz de sostenerse unos minutos sin intérprete.
Como una canción.
Nadie necesita leer un ensayo para emocionarse escuchando música.
Con la pintura también debería ocurrir algo parecido.
El mejor cuadro del museo
Siempre hace gracia escuchar conversaciones delante de una obra.
—Pues a mí esto lo pinta mi sobrino.
Esa frase tiene ya categoría de patrimonio nacional.
Todos conocemos al sobrino.
Debe de ser el artista más prolífico de la historia porque aparece en todos los museos.
Nunca he tenido el placer de conocerlo personalmente, eso sí.
Lo curioso es que esa frase suele decirse delante de un cuadro que, precisamente, intenta simplificar las formas para hablar de algo mucho más profundo.
No pasa nada.
No hace falta que todas las obras gusten a todo el mundo.
Sería bastante aburrido.
Imaginad un planeta en el que todos tuviéramos exactamente el mismo cuadro favorito.
Las galerías venderían una sola pintura.
Los museos tendrían una única sala.
Y las discusiones sobre arte durarían aproximadamente treinta segundos.
Afortunadamente, el mundo funciona de otra manera.
Entonces... ¿por qué emociona una pintura?
Después de muchos años pintando sigo sin tener una respuesta definitiva.
Y sospecho que nadie la tiene.
Creo que una obra nos emociona cuando consigue decir algo que nosotros todavía no sabíamos expresar.
Cuando pone imagen a un recuerdo.
Cuando despierta una pregunta.
Cuando nos incomoda un poco.
Cuando nos obliga a permanecer unos minutos más de lo previsto.
O cuando, días después, descubrimos que seguimos pensando en ella sin motivo aparente.
Hay cuadros que son técnicamente impecables y desaparecen de nuestra memoria antes incluso de salir del museo.
Y otros, mucho más silenciosos, que siguen acompañándonos durante años.
Quizá ahí resida el verdadero misterio del arte.
No en explicar el mundo.
Sino en hacer que lo miremos de otra manera.
Y si una pintura consigue eso, aunque solo sea durante unos minutos, probablemente ya ha cumplido su cometido.
Porque, al final, el arte no compite por llamar la atención.
Compite por quedarse a vivir en la memoria.
Y esa es una batalla que no siempre ganan los c
uadros más grandes, los más caros o los más famosos.
A veces la gana esa pequeña pintura escondida en una esquina del museo, delante de la que pasabas por casualidad.
La que te hizo llegar tarde a la siguiente sala.
La que no esperabas.
La que, sin saber muy bien por qué, todavía recuerdas mientras lees estas líneas.
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