Hammershøi en Zúrich: por qué una habitación vacía sigue inquietándonos

Una puerta abierta suele prometer una explicación: alguien aparecerá, cruzará el umbral o nos dejará entrar. En los cuadros de Vilhelm Hammershøi (1864-1916), la puerta puede permanecer abierta sin resolver nada. Vemos una habitación, después otra, quizá una figura de espaldas. Todo parece reconocible y, sin embargo, cuesta saber qué está ocurriendo. Esa distancia entre ver con claridad y comprender del todo es una de las razones para detenerse ante su pintura.

Este otoño hay un motivo concreto para volver a mirarla. La exposición The Eye That Listens permanece en la Kunsthaus Zürich hasta el 25 de octubre de 2026, tras la retrospectiva que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presentó en Madrid del 17 de febrero al 31 de mayo. No se trata, por tanto, de una exposición actualmente abierta en Madrid. Su recorrido ofrece una ocasión para introducir en este blog a un pintor que consigue algo difícil: convertir una habitación corriente en una pregunta que no se agota.

Una casa que no funciona como un inventario

Hammershøi fue un pintor danés de interiores, retratos y paisajes. Sus habitaciones se han convertido en su imagen más conocida, pero no conviene confundirlas con fotografías de una casa austera. Entre 1898 y 1909 vivió con su mujer, Ida Ilsted, en Strandgade 30, en Copenhague. Ese domicilio fue un escenario recurrente de su pintura. La repetición no obedecía a la obligación de registrar cada rincón: le permitía modificar las relaciones entre puertas, muebles, figuras y luz.

Las explicaciones de la National Gallery de Londres y del Art Institute de Chicago insisten en ese trabajo de composición. En un interior de 1899, el estudio del lienzo permite apreciar que redujo una mesa y añadió al final la figura de Ida. El apartamento era una base real, pero el cuadro tenía sus propias necesidades. Un objeto podía desplazarse o cambiar de tamaño para que la imagen encontrara su equilibrio.

Este dato cambia la lectura. Si pensamos que estamos viendo un espacio recogido al azar, la extrañeza parece venir únicamente de su atmósfera. Si recordamos que el pintor organiza lo que vemos, empezamos a prestar atención a decisiones muy concretas: por qué una silla queda a un lado, cuánto muro ocupa el centro o dónde termina exactamente una puerta.

Interior de Hammershøi con puertas abiertas, silla a la izquierda y una figura de espaldas al fondo
Vilhelm Hammershøi, Interior. Strandgade 30, 1901. Óleo sobre lienzo, 66 × 55 cm (alto × ancho). Städel Museum, Frankfurt am Main, Eigentum des Städelschen Museums-Vereins e.V. Imagen: dominio público. Ficha de la obra.

Una figura de espaldas no es una confesión

En Interior. Strandgade 30, de 1901, las puertas conducen la mirada hacia una figura situada en una estancia posterior. El blanco de la hoja abierta a la derecha pesa casi tanto como la presencia humana. La silla y los pequeños cuadros de la izquierda no llenan el espacio: ayudan a medirlo. Entre esos elementos quedan franjas de pared y de suelo que tienen una función activa, aunque a primera vista parezcan simplemente vacías.

El Städel identifica a Ida en la escena. Lo que no podemos identificar con esa misma seguridad es su estado de ánimo. Una espalda no demuestra tristeza; una estancia despejada tampoco prueba soledad. Podemos sentir distancia o inquietud ante la imagen, pero esa respuesta del espectador no equivale a un diagnóstico de la persona retratada. Mantener esa diferencia hace más interesante el cuadro, porque evita cerrarlo con una historia demasiado fácil.

La composición permite acercarse visualmente mientras retiene el acceso a la figura. Podemos seguir los marcos de las puertas, pero no ver un rostro que nos explique la situación. De ahí nace una tensión que no necesita un gesto dramático. El cuadro ofrece información espacial y reserva información humana. Esa combinación resulta más perturbadora que una escena que anunciara de forma explícita su misterio.

La luz puede ocupar el lugar de una acción

En Moonlight, Strandgade 30, fechado entre 1900 y 1906, no hay nadie a quien pedirle una explicación. El Metropolitan Museum describe los tonos lavanda y la pincelada aterciopelada con los que Hammershøi construye el efecto de la luz de luna. La ventana organiza una retícula; el suelo recibe su respuesta luminosa. El asunto no consiste en descubrir quién acaba de salir de la habitación, sino en observar cómo una iluminación transforma el espacio.

Habitación vacía de Hammershøi con ventana central y luz de luna formando una retícula sobre el suelo
Vilhelm Hammershøi, Moonlight, Strandgade 30, 1900-1906. Óleo sobre lienzo, 41 × 51,1 cm (alto × ancho). The Metropolitan Museum of Art. Imagen de acceso abierto, dominio público/CC0. Ficha de la obra.

La diferencia con el interior anterior es importante. Allí, una figura lejana podía absorber nuestra curiosidad. Aquí, al faltar ese punto de apoyo, la atención se desplaza hacia las superficies. Una puerta cerrada, los paneles de la pared y la ventana bastan para establecer ritmos. La zona iluminada del suelo no es un adorno colocado encima de una habitación ya terminada: es una de las fuerzas que le dan sentido visual.

Hablar de una paleta reducida no significa hablar de ausencia de color. Los grises admiten desviaciones frías, cálidas, violetas o pardas. En una reproducción digital esos matices dependen también de la pantalla y de la fotografía; no sería sensato convertirlos en una receta exacta. Aun con esa limitación, se aprecia que el interés de la imagen no procede de enfrentar colores muy saturados. Procede de graduar pequeñas diferencias y de decidir dónde interrumpirlas con una zona más clara.

El pintor también aparece dentro de su problema

La identificación de Hammershøi con habitaciones casi vacías puede hacernos olvidar su manera de representar a las personas. Self-Portrait at Spurveskjul, de 1911, complica esa simplificación. El artista se sitúa ante una puerta y una ventana, de modo que los motivos arquitectónicos siguen presentes, pero ahora comparte el espacio con ellos y dirige su rostro hacia el espectador.

Autorretrato de Hammershøi junto a una puerta y una ventana, con traje oscuro y una mano levantada
Vilhelm Hammershøi, Self-Portrait at Spurveskjul, 1911. Óleo sobre lienzo, 90 × 100 cm (alto × ancho). The Metropolitan Museum of Art. Imagen de acceso abierto, dominio público/CC0. Ficha de la obra.

El Met explica que pintó este autorretrato durante una estancia en una casa de verano alquilada cerca de Copenhague. La mano izquierda levantada de un pintor diestro señala el uso del espejo. El museo también destaca los contornos rehechos y la preparación malva visible en el rostro como indicios de una ejecución experimental. No estamos ante una pintura cuya calma dependa de borrar toda huella del trabajo.

En la imagen, la figura oscura y la claridad de la ventana mantienen una relación incómoda: podemos fijarnos en el rostro o desplazarnos hacia el espacio del fondo, sin que ninguna de las dos cosas anule a la otra. El autorretrato devuelve al pintor a las mismas preguntas que planteaban sus habitaciones. ¿Qué dejamos ver de nosotros? ¿Cuánto puede contar una posición dentro de un espacio? ¿Qué queda fuera incluso cuando alguien nos mira de frente?

Por qué reducirlo a «pintura del silencio» se queda corto

La expresión resulta comprensible. Sus escenas no suelen ofrecer una acción que podamos resumir en una frase y sus figuras no buscan nuestra complicidad. Pero «silencio» puede acabar funcionando como una etiqueta que impide mirar. Si todos sus cuadros nos parecen la misma habitación melancólica, perdemos justamente las diferencias que el pintor trabaja: una puerta abierta o cerrada, una persona presente o ausente, una luz que se extiende o se concentra.

La presentación de la Kunsthaus propone una calma tensa, comparable al instante anterior a un concierto, y recuerda la presencia de instrumentos musicales en su obra. Es una lectura más fértil que imaginar una casa donde no sucede nada. Algo sucede, aunque no sea un acontecimiento narrativo: las distancias se ajustan, los objetos adquieren peso y la mirada cambia de dirección. La pintura nos obliga a percibir esa actividad sin traducirla inmediatamente a una anécdota.

Desde Artblog, el interés de recuperar hoy a Hammershøi está ahí. En una circulación de imágenes que premia la reacción rápida, su pintura exige comprobar la primera impresión. No porque la lentitud sea una virtud automática, sino porque estos cuadros dan razones concretas para seguir: una luz que parecía gris se vuelve violeta, una puerta que parecía secundaria domina la escena, una espalda deja de ser una respuesta y se convierte en un límite.

La exposición de Zúrich termina el 25 de octubre, pero esta forma de mirar no tiene fecha de cierre. Ante una obra de Hammershøi conviene aplazar unos segundos la pregunta «¿qué significa?» y empezar por otra más precisa: «¿qué me está haciendo mirar?». Quizá entonces la habitación deje de parecernos vacía.

Texto: equipo Artblog.


Fuentes y créditos

Fechas y contexto: Kunsthaus Zürich, calendario oficial y Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Composición y trayectoria: National Gallery, Art Institute de Chicago y Colección Hirschsprung. Las tres fichas de obra están enlazadas en sus pies de imagen. Reproducciones: Städel Museum, imagen identificada como dominio público; The Metropolitan Museum of Art, dos imágenes de acceso abierto, dominio público/CC0. Las imágenes ilustran este análisis y no constituyen una relación de las obras expuestas en Zúrich. Consulta de fuentes: 15 de octubre de 2026.

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