Cuando la historia deja de parecer tan sólida: una visita a La Perla Peregrina, de Fernando Sánchez Castillo

 


Cuando la historia deja de parecer tan sólida: una visita a La Perla Peregrina, de Fernando Sánchez Castillo

Hay exposiciones de las que uno sale hablando de las obras. Otras hacen que hables del artista. Pero de vez en cuando aparece una que consigue algo bastante más difícil: que salgas pensando en cosas que no esperabas antes de entrar.

Eso me ocurrió esta mañana en el Palacio de Velázquez.

No iba con una idea preconcebida. Conocía el trabajo de Fernando Sánchez Castillo desde hacía años, había visto piezas suyas en diferentes contextos y sabía cuáles eran los territorios por los que suele moverse: la memoria, el poder, la historia, los símbolos políticos. Pero decidí hacer algo que cada vez hago con más frecuencia cuando visito una exposición: entrar casi sin leer nada. Prefiero que las obras hablen primero y que los textos lleguen después.

También había otro motivo para ir. El Palacio de Velázquez volvía a abrir sus puertas después de muchos meses cerrado por las obras de rehabilitación. Y eso, para quienes vivimos el arte en Madrid, ya era una noticia en sí misma.

Siempre me ha parecido uno de los espacios expositivos más bellos de la ciudad.

No tiene la neutralidad blanca de un museo contemporáneo. Aquí la arquitectura pesa. La luz cambia constantemente durante el día, el hierro y el cristal forman parte del recorrido y las obras conviven con un edificio que nunca desaparece del todo. Exponer aquí es aceptar que el espacio también participa en la conversación.

Y creo que Fernando Sánchez Castillo lo entiende muy bien.

Desde las primeras salas uno tiene la sensación de que esta no es una exposición construida para ofrecer respuestas. Todo lo contrario. Es una exposición que parece desconfiar profundamente de las respuestas fáciles.

Mientras caminaba iba recordando una frase del texto de sala que me llamó especialmente la atención. Venía a decir que el arte tiene la capacidad de hacer temblar las narraciones del Estado.

Me pareció una frase magnífica.

Porque, al final, toda la exposición gira alrededor de una idea muy sencilla y, al mismo tiempo, enormemente incómoda: ¿quién decide qué historia recordamos?

Vivimos rodeados de monumentos, banderas, retratos oficiales, ceremonias e imágenes que hemos aprendido a considerar normales. Caminamos delante de una estatua sin preguntarnos quién decidió levantarla. Aceptamos determinados símbolos como si siempre hubieran estado ahí.

Pero nada aparece por casualidad.

Todo símbolo responde a una decisión.

Toda decisión implica poder.

Y todo poder necesita construir un relato.

Fernando Sánchez Castillo lleva años trabajando precisamente sobre esa grieta.

No destruye los símbolos. No los ridiculiza. Ni siquiera intenta sustituirlos por otros nuevos. Hace algo mucho más inteligente: cambia ligeramente su significado.

Y cuando cambia el contexto, cambia también nuestra forma de mirar.

Quizá esa sea una de las mayores virtudes de la exposición.

No intenta convencerte.

Simplemente consigue que vuelvas a observar cosas que dabas por hechas.

El propio título, La Perla Peregrina, funciona exactamente igual.

Durante siglos esa perla fue mucho más que una joya. Pasó por manos de reyes, dinastías, conquistadores y coleccionistas. Cambió de país, de dueño y de significado una y otra vez.

Lo curioso es que la perla nunca cambió.

Lo que cambiaba era la historia que cada propietario construía alrededor de ella.

Y eso me hizo pensar que quizá toda obra de arte vive algo parecido.

Una pintura sale del estudio del artista con una intención determinada. Después llega una galería. Más tarde un coleccionista. Una exposición. Un museo. Una subasta. Un catálogo.

Cada uno añade una nueva capa de significado.

Al final la obra ya no pertenece únicamente a quien la pintó.

Pertenece también a todas las historias que se han contado sobre ella.

Mientras recorría las salas no podía evitar relacionarlo con el propio mercado del arte contemporáneo.

Vivimos un momento en el que muchas veces parece más importante el relato que rodea a una obra que la obra en sí.

No siempre.

Pero ocurre.

Hay artistas extraordinarios que permanecen prácticamente invisibles durante décadas y otros cuya carrera despega de forma vertiginosa porque alrededor de ellos se construye un relato irresistible.

Eso no significa que unos sean mejores y otros peores.

Significa que el arte nunca ha existido aislado del poder.

Ni del dinero.

Ni de las instituciones.

Ni de la historia.

Y precisamente por eso el trabajo de Fernando Sánchez Castillo resulta tan pertinente.

Porque nos obliga a recordar algo que con frecuencia olvidamos: que incluso aquello que parece completamente objetivo también ha sido construido por alguien.

Otra de las cosas que más disfruté fue comprobar que la exposición no cae en la tentación de convertir el discurso político en un panfleto.

Eso habría sido demasiado fácil.

Las piezas mantienen suficiente ambigüedad para permitir que cada visitante complete parte del significado.

Como pintor, agradezco muchísimo esa confianza en el espectador.

No todo tiene que venir explicado.

No todo necesita una única interpretación.

El arte pierde fuerza cuando pretende cerrar todas las preguntas.

Gana mucho más cuando deja algunas abiertas.

Y quizá por eso salí pensando menos en las esculturas concretas y más en la manera en que construimos nuestra memoria colectiva.

¿Cómo decidimos qué merece ser recordado?

¿Por qué unos nombres ocupan plazas y otros desaparecen?

¿Por qué determinadas imágenes terminan representando una época mientras otras quedan olvidadas en archivos?

No tengo respuestas para ninguna de esas preguntas.

Sospecho que Fernando Sánchez Castillo tampoco pretende tenerlas.

Lo que hace es recordarnos que existen.

Y en tiempos donde todo parece exigir opiniones rápidas y certezas inmediatas, no me parece poca cosa.

Más allá de la exposición, la reapertura del Palacio de Velázquez es una magnífica noticia para Madrid.

Había ganas de volver a recorrer este edificio.

Había ganas de recuperar uno de esos lugares donde todavía es posible visitar una exposición sin prisas, dejando que las obras respiren y que el silencio forme parte de la experiencia.

Salí del Retiro con la sensación de haber visto una buena exposición.

Pero, sobre todo, con la sensación de haber salido pensando un poco más despacio.

Y, para mí, eso sigue siendo una de las mejores cosas que puede conseguir el arte.



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