Cuando el elogio tiene precio: Pagar por exponer PARTE 2

 



Durante años he aprendido a escuchar el silencio de los lienzos antes de que exista la primera mancha de color. Ese instante previo —cuando la obra todavía es promesa— es sagrado para mí. Tal vez por eso me incomoda tanto cierto ruido externo que rodea al mundo del arte contemporáneo: llamadas entusiastas, correos llenos de superlativos, invitaciones que suenan a consagración… y que, de pronto, se transforman en una factura.

En más de una ocasión, como Jordi Machí, he recibido mensajes que comienzan con un “nos encanta tu trabajo”, “tu lenguaje plástico es muy potente”, “eres justo lo que buscamos para nuestra feria”. Confieso que, incluso con los años de oficio, uno no es inmune a esas palabras. El artista vive en una cuerda floja permanente entre la duda y la esperanza. Pero cuando respondo con calma —“¿podéis enviarme las bases?”— y la respuesta es “son 300, 500 euros, o una cuota por colgar”— algo se rompe por dentro.

La delgada línea entre promoción y desvalorización

No soy ingenuo. Sé que participar en ferias, exposiciones colectivas o catálogos tiene costes. Montaje, transporte, alquiler de espacios, impresión… todo eso existe y forma parte del ecosistema artístico. A lo largo de mi trayectoria he asumido gastos cuando he visto una estrategia clara, un proyecto curatorial sólido o una visibilidad real.


Pero otra cosa muy distinta es cuando el interés por mi obra parece evaporarse en cuanto cuestiono el pago. Entonces la pregunta surge sola, incómoda y directa: si de verdad te conmueve lo que hago, ¿por qué soy yo quien debe financiar tu apuesta?

En mi obra suelo explorar la materia, el gesto y la memoria visual. Paso semanas trabajando capas, raspando superficies, volviendo a empezar. Hay una economía invisible en cada cuadro: horas de soledad, materiales, fracasos acumulados, decisiones que nadie ve. Cuando alguien reduce todo eso a una tarifa de entrada, siento que no están mirando el trabajo, sino al artista como cliente.

Un sistema que se normaliza demasiado

Lo más preocupante es que este modelo se ha ido normalizando. Muchos creadores jóvenes me escriben con entusiasmo: “Me han seleccionado para una exposición”. Y al final de la conversación aparece el detalle incómodo: han tenido que pagar por colgar.

No lo juzgo. Todos hemos pasado por ahí, todos queremos mostrar lo que hacemos, todos necesitamos escapar del estudio y poner la obra en circulación. Jordi Machí también aceptó oportunidades dudosas cuando empezaba, creyendo que cada escaparate era una puerta. Algunas lo fueron; otras no llevaron a nada más que a una pared blanca y un catálogo olvidado en una caja.

El problema es cuando la galería deja de asumir riesgo. Históricamente, ese era su papel: apostar, equivocarse, construir carreras, acompañar procesos. Cuando la balanza se inclina por completo hacia el artista que paga, la relación se vacía de sentido curatorial y se convierte en simple alquiler disfrazado de elogio.

La frustración que no siempre se dice en voz alta

Hay una rabia silenciosa que acompaña a estas situaciones. No es soberbia; es cansancio. Cansancio de sentir que tu trabajo sirve como moneda para llenar un espacio sin que exista un verdadero compromiso detrás.

Recuerdo haber pensado, tras una de esas conversaciones: entonces no es mi pintura lo que te interesa, es mi transferencia bancaria. Y sí, lo admito: me jode. Me jode porque uno crea desde un lugar vulnerable, porque cada obra lleva algo de biografía, de riesgo, de exposición personal.

Como artista plástico, he comprobado que la dignidad profesional no es un lujo: es una frontera que hay que aprender a trazar. Decir que no también es una forma de cuidar la obra.

Mirar con más exigencia

No escribo esto para demonizar a todas las galerías. Algunas trabajan con rigor, acompañan, invierten, dialogan con los artistas y construyen relatos coherentes. Con ellas da gusto colaborar: hay debate, edición, mirada crítica, crecimiento mutuo.

Lo que sí creo —y aquí hablo desde la experiencia de Jordi Machí— es que necesitamos hacer más preguntas. ¿Qué aporta realmente esta exposición? ¿Quién la visita? ¿Qué tipo de difusión hay? ¿Existe un proyecto a medio plazo o solo una rotación rápida de nombres?

Aceptar cualquier invitación por miedo a desaparecer del radar es una trampa. El arte no debería funcionar desde la urgencia, sino desde la convicción.

Cuidar la obra también es decir no

Al final, vuelvo siempre al mismo punto: al estudio, al olor de la pintura fresca, al silencio concentrado frente al lienzo. Ahí no hay cuotas, ni ferias, ni discursos grandilocuentes. Solo la necesidad de hacer algo honesto.

Tal vez el verdadero gesto radical hoy sea ese: proteger el trabajo, exigir respeto, no confundir halagos con compromiso real. Porque si algo he aprendido en mi camino como Jordi Machí es que la obra crece cuando uno se toma en serio a sí mismo. Y eso incluye no pagar por que finjan mirarte.

No hay comentarios: