Solo Goya, el arte de ver: el Museo Goya reabre en Zaragoza con una cita irrepetible

Hay reaperturas que son solo obra nueva y reaperturas que son una declaración de intenciones. La del Museo Goya de Zaragoza pertenece a la segunda categoría: tras su proyecto de ampliación y renovación, la institución que gestiona Fundación Ibercaja ha vuelto a abrir sus puertas con una exposición concebida expresamente para la ocasión, Solo Goya. El arte de ver, que podrá visitarse hasta el 10 de enero. Y no es una muestra cualquiera: reúne cerca de medio centenar de obras del aragonés llegadas de algunos de los principales museos del mundo, muchas de ellas vistas juntas por primera vez.

Una exposición irrepetible para una casa nueva

El listado de prestadores da la medida de la ocasión: el Museo Nacional del Prado, Patrimonio Nacional, la Galería de los Uffizi, el Museo Thyssen-Bornemisza, la National Gallery de Londres, la Hispanic Society of America, los museos de Oslo, Detroit, Budapest y São Paulo, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y destacadas colecciones particulares. Reunir estas piezas en Zaragoza es, con toda probabilidad, una cita que no se repetirá en mucho tiempo.

La muestra, comisariada por Luis Fernández-Galiano, toma su subtítulo de un texto que Juan Agustín Ceán Bermúdez tradujo al español a finales del siglo XVIII: el arte de ver. Esa referencia marca todo el planteamiento. En lugar de ordenar la trayectoria de Goya por fechas, la exposición propone acercarse a su forma de observar la realidad: cómo miraba a las personas, al poder, a los afectos y a la violencia de un tiempo convulso. Un punto de partida que nos parece especialmente acertado, porque con Goya la cronología siempre se queda corta: lo importante nunca fue cuándo pintó algo, sino cómo lo miró.

Las luces y las sombras

El primer ámbito del recorrido contrapone las escenas luminosas de los inicios con las imágenes más inquietantes de la madurez. Aquí se puede ver el tapiz de El quitasol, procedente de Patrimonio Nacional, cuyo cartón preparatorio se conserva en el Prado y muestra toda la frescura del primer Goya: una escena cortesana al aire libre, construida con una economía de medios admirable, donde hasta una sombrilla verde se convierte en protagonista.

El quitasol de Francisco de Goya: escena cortesana al aire libre con una joven sentada y un hombre que la protege del sol con una sombrilla verde
Francisco de Goya, El quitasol (cartón para tapiz), 1777. Óleo sobre lienzo, 104 × 152 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid. Imagen: Wikimedia Commons, dominio público.

Frente a esa luz, la muestra no esquiva las sombras: el cartón de El albañil herido del Prado o los estremecedores Caníbales descuartizando a sus víctimas del museo de Besançon recuerdan que ambas dimensiones convivieron siempre en su obra. Goya no pasó de la alegría a la oscuridad; las llevó pintadas a la vez desde el principio.

El poder del retrato

La segunda sección reúne una galería extraordinaria de personajes: aristócratas, militares, eclesiásticos y burgueses. Aquí está una de las obras maestras absolutas del pintor, La duquesa de Alba de 1795, procedente de la colección de la Casa de Alba. La duquesa señala al suelo con un gesto que sigue generando interpretaciones dos siglos después, vestida de blanco contra un fondo gris que la convierte en pura presencia.

La duquesa de Alba de Francisco de Goya: retrato de cuerpo entero de la duquesa vestida de blanco con lazos rojos, señalando al suelo, junto a un pequeño perro
Francisco de Goya, La duquesa de Alba, 1795. Óleo sobre lienzo, 194 × 130 cm. Colección de la Casa de Alba, Madrid. Imagen: Wikimedia Commons, dominio público.

Junto a ella, La tirana de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, María Teresa de Vallabriga a caballo de los Uffizi o el retrato de Amalia Bonells de Costa llegado de Detroit demuestran algo que solo Goya consiguió con tanta naturalidad: cada retrato es un estudio psicológico. Sus modelos no posan; existen, con sus contradicciones y su lugar exacto en el mundo.

Los lazos del afecto

El recorrido se cierra en el territorio más personal: familiares, amigos y personas cercanas. Culmina con algunas de las imágenes más conmovedoras de toda su producción, entre ellas el Autorretrato en el taller de la Real Academia, una obra pequeña en formato y enorme en intensidad: Goya se pinta trabajando, a contraluz, con la mirada vuelta hacia el espectador como quien se interrumpe un segundo antes de seguir pintando.

Autorretrato en el taller de Francisco de Goya: el pintor junto al caballete, a contraluz de una ventana, con sombrero y la paleta en la mano
Francisco de Goya, Autorretrato en el taller, h. 1790-1795. Óleo sobre lienzo, 42 × 28 cm. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Imagen: Wikimedia Commons, dominio público.

En esa misma sección aparecen El tío Paquete del Thyssen, el retrato de Pedro Mocarte de la Hispanic Society y los de sus consuegros, llegados de la colección Abelló. Es el Goya que no trabajaba por encargo, y quizá por eso el más directo.

Por qué Goya sigue siendo contemporáneo

La exposición parte de una idea que compartimos: la modernidad de Goya no está solo en sus últimos años oscuros, sino en el conjunto de una trayectoria atravesada por el espíritu crítico. Fue testigo del derrumbe del antiguo régimen y del nacimiento de una nueva época, y en lugar de mirar hacia otro lado pintó exactamente lo que veía, con sus luces y sus miserias. Esa honestidad es la que sigue hablando con claridad dos siglos después, y la que convierte esta reapertura en una de las citas del otoño.

La muestra puede verse en el Museo Goya de Zaragoza hasta el 10 de enero, y se acompaña de un libro catálogo y de un ciclo de conferencias que se extenderá hasta diciembre. Más información y entradas en la web de Fundación Ibercaja. Si pasáis cerca de Zaragoza estos meses, es de esas ocasiones que no conviene dejar pasar.

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