Hay una manera cómoda de corregir la historia del arte: añadir un nombre a la lista de los grandes y continuar contando el mismo relato. Creo que Hilma af Klint nos pide algo más incómodo y más interesante. Su presencia obliga a preguntarnos quién tuvo la oportunidad de ser visto, qué lenguajes se consideraron importantes y cuántas obras quedaron fuera de la conversación antes de que pudiéramos juzgarlas.
La ocasión para volver a plantearlo es muy concreta. El próximo 15 de octubre abre Hilma af Klint: Artist and Visionary en la National Gallery of Ireland, en Dublín. La exposición, organizada con la Fundación Hilma af Klint y comisariada por Janet McLean, podrá visitarse hasta el 7 de febrero de 2027. Es la primera gran exposición dedicada a la artista en Irlanda. No escribo estas líneas como una crónica de visita: parto de su anuncio y de obras que permiten pensar lo que está en juego.

Reconocer no debería significar domesticar
A primera vista, los colores, los círculos y las formas que se expanden en la obra de af Klint pueden parecer familiares. Estamos acostumbrados a encontrar abstracción en museos, libros, carteles y pantallas. Pero esa familiaridad puede engañarnos. Una imagen de 1907 no nace dentro de nuestro vocabulario visual de 2026. Mirarla como si fuera simplemente un diseño atractivo borra la distancia entre su contexto y el nuestro.
La National Gallery of Ireland señala que su trabajo estuvo profundamente ligado a la espiritualidad y a sus exploraciones de la teosofía, el rosacrucismo y la antroposofía. Me parece importante no esconder ese dato para hacerla más aceptable. No necesitamos compartir una creencia para tomar en serio la pintura que surgió de ella. Podemos observar cómo organiza el espacio, cómo relaciona los colores o cómo hace convivir una forma orgánica con un signo, sin convertir sus convicciones en una curiosidad pintoresca.
Reconocer a una artista no consiste en traducirla hasta que deje de resultar extraña. Consiste también en aceptar aquello que no encaja del todo con nuestra idea de modernidad. Su pintura no pierde fuerza porque su origen sea distinto del relato que esperábamos encontrar.
El peligro de reducirlo todo a quién llegó primero
Cuando aparece una figura capaz de alterar una historia conocida, es tentador organizar otra carrera: quién pintó antes, quién fue el verdadero pionero, quién merece ocupar el primer puesto. La cronología importa. Pero convertirla en el único argumento nos devuelve a la misma estructura que pretendíamos revisar: una historia con una cima, unos pocos nombres y demasiadas personas esperando fuera.
Prefiero preguntarme qué cambia cuando una obra entra de verdad en nuestra mirada. En El cisne, la oposición entre blanco y negro no es un simple efecto gráfico. La serie pasa de figuras reconocibles a formas geométricas. El Art Gallery of New South Wales explica cómo af Klint mezcla símbolos establecidos con interpretaciones propias. Esa transición permite pensar la abstracción como una transformación del sentido, no necesariamente como su desaparición.

Hay una tensión que la pantalla puede aplanar: dos cuerpos, dos campos opuestos, un encuentro que no termina de cancelar la diferencia. Podemos empezar por esa experiencia visual antes de acudir a una explicación. El contexto ayuda; no debería sustituir el tiempo que damos a la imagen.
Una artista completa, no una excepción útil
El anuncio de Dublín plantea una decisión que me interesa especialmente: reunir obras espirituales con estudios de plantas, retratos tempranos y paisajes. La exposición incluye trabajos de El cisne y Retablos, junto a otras facetas de su producción. Ese enfoque evita presentar a af Klint como una aparición aislada, sin aprendizaje, trabajo cotidiano ni relación con su tiempo.
También permite escapar de otra simplificación: imaginar que una artista solo cuenta cuando una parte de su obra coincide con lo que nosotros hemos decidido valorar. Un retrato, un estudio botánico y una composición simbólica no tienen por qué funcionar como etapas que se descartan al alcanzar una supuesta meta. Pueden formar parte de una misma búsqueda con preguntas diferentes.

En Retablo, grupo X, n.º 1, el triángulo y el disco dorado construyen una dirección clara. La geometría no enfría la imagen: concentra su energía. El Guggenheim Bilbao relaciona estos retablos con una evolución en dos sentidos, de lo material a lo espiritual y de lo divino a lo material. No hace falta transformar esa lectura en una verdad universal para reconocer que la obra intenta dar forma a algo que no se agota en una descripción.
Lo que una exposición puede cambiar
Según la National Gallery of Ireland, la gran producción espiritual de af Klint apenas se mostró fuera de su círculo próximo y permaneció almacenada hasta los años ochenta, en buena medida desconocida fuera de Suecia. Ese retraso no convierte por sí solo cada cuadro en una obra maestra. Sí nos obliga a distinguir entre el valor de una obra y las condiciones que permiten que ese valor sea discutido públicamente.
Para mí, ahí está la cuestión actual. La historia del arte no se corrige únicamente con una exposición muy visitada o con una nueva imagen en la portada de un libro. Se corrige cuando cambian las preguntas: qué seleccionamos, qué conservamos, a quién damos contexto y qué rarezas aceptamos sin pedir que se parezcan a lo conocido.
La exposición de Dublín todavía no ha abierto. Habrá que ver qué diálogo propone entre las obras y cuánto espacio deja para sus contradicciones. Pero su planteamiento ya ofrece una buena razón para detenernos. Hilma af Klint no necesita que la convirtamos en una excepción tranquilizadora. Necesita que su pintura nos ayude a mirar de nuevo una historia que creíamos terminada.
Jordi Machí
Las reproducciones ilustran este comentario sobre la obra de la artista; no se presentan como fotografías de la exposición de Dublín ni como una lista completa de sus préstamos.
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