Una berenjena, unas tijeras y dos plátanos. A primera vista, podrían pertenecer a una cocina o a una mesa de trabajo. En la colección Amor Líquido, esos motivos cotidianos entran en otro territorio: el de las asociaciones, los guiños y la libertad de leer una imagen desde nuestra propia experiencia. El objeto sigue siendo reconocible, pero el color y el formato cambian la manera de encontrarnos con él.
La web de Jordi Machí presenta Amor Líquido como una colección realizada para la Fundación Iberoamérica Europa y organizada por Mado en 2021. Su texto habla de un amor que fluye libremente y que nada ni nadie puede detener. Esa es la clave expresada por el artista. A partir de ella, proponemos una lectura de tres obras de la serie: Berenjena, Tijeritas y Bananas. No se trata de fijar un significado único, sino de observar cómo motivos sencillos adquieren una presencia nueva.
Un triángulo que cambia las reglas de la mirada
Las tres obras comparten un rasgo que se percibe antes incluso de reconocer el motivo: el formato triangular, con la punta hacia abajo. En las fotografías de la colección aparecen sobre bases de madera, separadas del fondo claro. Esa presentación permite ver el borde de cada pieza y recordar que la pintura también ocupa un espacio.
El triángulo dirige la mirada hacia una zona estrecha. Una forma curva tiene que convivir con lados rectos; una diagonal puede acercarse al borde o cruzar la imagen. No es lo mismo pintar estos motivos dentro de un rectángulo. El formato introduce una tensión visible y hace que cada objeto parezca encontrarse con un límite distinto.
También crea una unidad entre las piezas. Aunque cambien los colores y los objetos, reconocemos una misma familia de formas. Esa continuidad permite compararlas sin que tengan que contar exactamente lo mismo. Cada obra conserva su carácter y, al mismo tiempo, participa de una conversación común.
Berenjena: el contraste como primer impulso
En Berenjena, el violeta se extiende sobre un fondo amarillo. Las formas alargadas avanzan en diagonal y muestran variaciones de tono: oscuros, lilas y zonas claras. El verde de la parte superior añade un pequeño acento que ayuda a reconocer el motivo sin dominar el conjunto.

La fuerza de la imagen empieza en esa diferencia entre el amarillo y el violeta. El fondo no intenta imitar una habitación ni ofrecer un contexto realista. Se convierte en una superficie activa, capaz de hacer que el objeto destaque y de sostener la energía de sus curvas. La fruta ocupa gran parte del triángulo, pero no borra su forma.
Dentro de una colección dedicada al amor libre, el motivo puede despertar asociaciones eróticas o una sonrisa cómplice. Esa posibilidad pertenece a la lectura de la imagen; no necesitamos convertirla en una explicación cerrada del artista. El título conserva la sencillez del objeto, mientras la serie abre un marco más amplio para mirarlo.
Tijeritas: cruces, diagonales y fragmentos
Tijeritas cambia el ritmo. Sobre un rojo intenso aparecen tijeras abiertas, hojas metálicas y pequeños fragmentos con texto. Las líneas rectas y los cruces sustituyen a las curvas dominantes de Berenjena. La imagen tiene puntos de encuentro y direcciones que atraviesan el triángulo.

Las tijeras tienen una función cotidiana muy concreta, pero aquí su posición y su repetición permiten verlas también como dibujo: círculos en los mangos, puntas, diagonales y zonas claras. Los fragmentos de texto añaden otra textura. No hace falta descifrar cada palabra para percibir que el fondo contiene más de una capa visual.
El rojo sostiene esa acumulación sin convertirse en un simple relleno. Frente a él, los grises y blancos de las tijeras ganan presencia. La obra invita a pasar del reconocimiento del utensilio a la relación entre sus formas. El guiño del título puede acompañar esa mirada, pero no sustituye el trabajo de la composición.
Bananas: una curva luminosa sobre turquesa
En Bananas, el amarillo vuelve a aparecer, esta vez en el propio motivo. Los plátanos se superponen sobre un fondo turquesa. Uno de ellos describe una curva amplia que conduce la vista desde la parte superior hacia la punta inferior; los otros añaden profundidad mediante sus cruces.

La combinación de amarillo y turquesa ofrece una entrada inmediata. Después aparecen las variaciones de la superficie: marcas oscuras, pequeños verdes, cambios de intensidad y huellas visibles del color. Los frutos no están tratados como siluetas planas. Su volumen convive con una forma de pintar que deja percibir la materia.
Comparada con Tijeritas, esta obra parece organizarse con movimientos más continuos. Comparada con Berenjena, comparte las formas alargadas, pero cambia el contraste y el recorrido. Mirarlas juntas permite descubrir diferencias que una imagen aislada podría ocultar.
Una colección que deja espacio para interpretar
El interés de estas tres piezas de Jordi Machí está en que no exigen una única puerta de entrada. Podemos empezar por el color, por el humor, por la forma triangular o por las asociaciones que los objetos despiertan. La presentación de Amor Líquido propone un horizonte de libertad, pero la experiencia de cada obra sigue abierta.
Esa apertura no significa que cualquier lectura deba atribuirse al artista. Conviene distinguir lo que su web dice de lo que nosotros vemos o sentimos. La colección se presenta ligada a un amor que fluye libre; nuestra lectura del contraste, de las curvas y de los guiños es una invitación a mirar, no una biografía ni un catálogo definitivo de símbolos.
Quizá por eso los motivos cotidianos funcionan tan bien. Entramos en la imagen con algo que conocemos y salimos con una pregunta nueva. Una berenjena puede ser una curva violeta; unas tijeras, un cruce de direcciones; unos plátanos, una forma de conducir la luz. En ese desplazamiento, Amor Líquido convierte lo cercano en un lugar donde la mirada puede moverse con libertad.
Equipo artblog
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